La Insolita Historia Del Tenedor por Esteban Lleonart

De "instrumento del diablo" a un infaltable de las mesas, el tenedor tardó mucho tiempo en ganar aceptación. Enterate de su curiosa historia.



San Pedo Damián estaba furioso. ¿Cómo podía ser que la princesa bizantina Teodora llevara su presunción hasta tal extremo de no querer tocar la comida con los dedos, y en cambio usara un instrumento puntiagudo para pincharla y llevársela a la boca? ¡Escándalo! Todos en el banquete en Venecia al que asistió con ocasión de su matrimonio con el dux veneciano Doménico Selvo opinaban lo mismo. Instrumento del diablo, lo llamó el santo. Es que eso de usar tenedores no estaba muy bien visto en Europa occidental.

En el Imperio Bizantino, sin embargo, no tenía nada de raro. De hecho es posible que el tenedor personal haya sido inventado en Constantinopla, cuando aún era parte de un único Imperio Romano. Hacia el siglo XI, cuando la princesa lo utiliza descaradamente frente a todos, el tenedor ya era algo relativamente común allí. Pero en Occidente se comía con los dedos. No es que esto fuera un salvajismo y que andaban todos enchastrados: había una rigurosa etiqueta al respecto, y la comida debía tomarse solo con la punta de los dedos, así como también era necesario limpiarse las manos en cuencos de agua entre cada plato, o al menos al final de las comidas. Estaba muy mal visto chuparse los dedos o limpiarse en la ropa, por ejemplo. Pero llevar la refinación al extremo de no tocar la comida con las manos era el colmo de la vanidad. A tal punto, que el santo muy santamente vio en la muerte de la princesa Teodora, víctima de la plaga, un castigo divino. Que el tenedor se pareciera tanto al tridente que popularmente se le asignaba al demonio no podía haber ayudado tampoco. Pasarían unos cuantos años antes de que lograra asentarse en Europa.

Poco a poco, a pesar de la resistencia inicial, el tenedor empezó a ser cada vez más usado en Italia, y de allí pasó a Francia. La artífice fue Catalina de Médici, esposa del rey Enrique II de Francia, en el siglo XVI. Claro que no fue inmediatamente aceptado, y pasarían no pocos años antes de que empezaran a superarse las objeciones iniciales, que parecen más bien fruto de la ineptitud que de la utilidad del tenedor. Se decía que era peligroso, ya que uno podía pincharse los labios o la lengua. También se criticaba que se lo usara a modo de escarbadientes.

En 1611 el viajero inglés Thomas Coryate escribió: “Los italianos se sirven de un pequeño instrumento para comer. La persona que en Italia toca la carne con las manos ofende las reglas de la buena educación y es mirada con sospecha y criticada. Se come así en todo el país. Los tenedores son de hierro o de acero y los nobles usan muy a menudo tenedores de plata… Es extraño que no se pueda convencer a un italiano de que coma con las manos. Yo he adoptado la costumbre y la conservo en Inglaterra, pero mis amigos se burlan y me llaman Furcifer“. No mucho después, en 1633, el rey Carlos I de Inglaterra declaró que usar tenedor era “decente”.

Aunque las bondades de usar tenedor fueron convenciendo cada vez más a la sociedad europea, el camino no fue constante. Por ejemplo, a comienzos del Siglo XVIII, el rey Luis XIV de Francia prohibió a sus hijos el uso del tenedor, contrariamente a lo que su tutor favorecía. Esto, sin embargo, era propio para ese entonces de una actitud un tanto retrógrada. Para fines de ese siglo el tenedor era lo suficientemente común como para que se criticara ya no su uso, sino simplemente que se lo utilizara mal. En 1760 el aristócrata francés François Baron de Tot hablaba de una cena en Turquía en la que una mujer tomaba las aceitunas con la mano para clavarlas en el tenedor y luego comerlas.

Es recién en ese siglo cuando el tenedor llega a España, más allá de algunas menciones esporádicas anteriores, lo que coincide con el momento de mayor expansión del uso de este cubierto, acompañado de nuevas técnicas que permiten su fabricación de manera más masiva. La primer fábrica de tenedores de la península ibérica se estableció en Barcelona a comienzos del Siglo XIX. Ya en el siglo pasado las variedades de tenedor abundaban: tenedores para ostras, para ensalada, para pescados, para langostas, para pastelería, incluso para frutos rojos o tortugas. En la actualidad no solo están las variedades para distintos usos, también se han vuelto objeto de diseño y de consumo, pero el fin es siempre el mismo: evitar tomar la comida con los dedos, algo que durante siglos fue la norma exclusiva de la etiqueta.

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