Vergüenza ajena

Fuente: Vinarquía | Ariel Rodríguez. fuck+you[1]Soy una persona normal, trabajo de lo que estudié, estoy formando una familia y además soy bloguero. Comencé hace dos años y pico escribiendo sobre la última pasión que arrebató mi vida (hubo otras) y poco a poco me fui metiendo más en el mundo del vino. Empecé a viajar en plan de enoturismo, me invitaron a eventos y ferias, me reconocieron como comunicador y por eso me tomé las cosas más en serio. Esto se volvió en algo más que un hobby aunque no me genere ningún ingreso.
Pero como siempre pasa cuando uno se zambulle en un tema y llega profundo, empecé a ver cosas que no me gustaban. Actitudes feas, desleales, poco éticas o decididamente corruptas. Y eso que todavía no llegué al fondo de la pileta.

Al principio no me jodían mucho, pero cada vez me gustan menos. Porque esas cosas son las que encarecen el vino que llega a su mesa. Son las cosas que favorecen una competencia despareja entre las bodegas. Son las cosas que nos quitan libertad porque no conocemos su trasfondo.

Esas cosas a veces me dieron bronca; a veces, lástima; otras, indignación; pero en el fondo siempre quedaba un sabor a vergüenza ajena.
Vergüenza las bodegas que compran puntajes. Y peor el que los vende.
Vergüenza que para un evento haya acreditados 200 periodistas y con suerte leamos 70 gacetillas de prensa copiadas y pegadas y solo 30 que escriban por sí mismos.

Vergüenza los restaurantes que te cobran un vino al doble del precio de góndola. Una vinoteca gana del 50 al 75% por cada botella. Hacé la cuenta de cuánto gana un restaurante.

Vergüenza los restaurantes que “cobran entrada” a las bodegas. Para entrar a los locales top (esos que se convierten en una vidriera porque están de moda) las bodegas tienen que regalar cajas de vino y después, con suerte, les compran algo. No les interesa vender las bodegas chicas y los grandes quieren la exclusividad.


Vergüenza los sommelier que se guardan el corchito para que les den una cometa.

Vergüenza los periodistas que venden los vinos. Es usual que a los periodistas les regalen vinos para que los caten y hablen de ellos, pero hay algunos de dudosa ética que terminan vendiendo esos vinos por Internet, o en vinotecas, o en subastas. Desde que se lo regalan son suyos, pero éticamente están en un punto gris.
Vergüenza como halagan (por usar un término delicado) a los enólogos, hasta el punto de que se la crean.
Vergüenza que algunas bodegas sigan utilizando términos como Borgoña, Chablis o Champagne. Sin contar los que te venden un varietal que no es.

Vergüenza los que les manguean a las bodegas para todo tipo de eventos.
Vergüenza las revistas y webs que sólo hablan de los vinos que pagan la pauta publicitaria. De hecho, hay revistas que sólo son un esqueleto para que la publicidad tenga sentido y que terminan siendo regaladas en las ferias porque nadie las compra.

Vergüenza los gurús del vino que recomiendan el de quien le paga (en efectivo o en especies).
Vergüenza que me cobren más caro un vino porque tienen “una filosofía”.
Por mi parte, sigo siendo una persona normal que escribe sobre vinos. Ya no tengo la misma mirada de antes, pero prefiero seguir con mi honestidad intelectual. Quizás no sea el que mejor escribe (tampoco soy el peor), ni el que escribe la nota fácil que gusta al lector apurado, pero nunca dejaré de ser honesto.
La mayoría de quienes están en el negocio del vino saben de lo que estoy hablando y callan. Vinarquía lo dice sin miedo. Y que los eunucos bufen.

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