Mafia & gastronomía: historias de gángsters, platos y vendettas Por Noelia Miraglia

 Los gángsters y mafiosos del siglo XXI, como buenos tanos, eran amantes de la buena cocina. Así, muchos negocios (y muchos delitos) se cerraban en restaurantes. Aquí, algunas de las leyendas más carnosas.
 

Que a los italianos les gusta comer bien es sabido. El imaginario colectivo representa a la famiglia reunida en torno a la mesa disfrutando de la pastasciutta. Es que en Italia la gastronomía es cosa seria. Tanto que la lasagna y el tiramisú no se debaten solo en la cocina de la nonna, sino también en las altas esferas del poder. Y en gran parte del siglo XX, el poder real lo tenía la mafia. El crimen era moneda corriente en Italia y las olas migratorias lo exportaron a Estados Unidos.

Lo vimos primero en películas como El Padrino y luego en series como Los Soprano: que los mafiosos se ganen la vida rompiendo piernas y extorsionando comerciantes no implica que estén insensibilizados ante los encantos de un buen plato. Armisticios, negocios y vendettas se han celebrado entre ríos de vino y montañas de pasta. A continuación, un recorrido por las historias del bajo mundo en las que el menú también fue protagonista.

EL ÚLTIMO BANQUETE DE MASSERIA
Había sido un buen almuerzo en Nuova Villa Tamaro, el restaurante elegido por la mafia en Coney Island, en el extremo sur de Nueva York. El menú había incluido spaghetti con mariscos, langosta, dulces con crema y varias botellas de Chianti. Giuseppe Masseria (conocido como “Joe The Boss”, capo de la familia Genovese) levantó su taza de café italiano y con una inclinación de cabeza hizo notar al dueño del restaurante y también amigo personal, Gerardo Scarpato, su conformidad con el servicio.

Hacía tiempo que no se relajaba: durante los últimos meses las peleas entre bandas se habían sucedido sin pausa y la tensión constante lo estaba desgastando. Sin embargo, ese día se sentía seguro: lo acompañaba Lucky Luciano, su fiel lugarteniente y luego de una comida abundante había bajado la guardia.

Mientras hacían la sobremesa jugando a las cartas, Luciano se excuso para ir al baño: el momento había llegado. Vito Genovese, Joe Adonis, Albert Anastasia y Bugsy Siegel (4 miembros de la banda cercanos a Luciano) hicieron acto de presencia en el establecimiento. Seis balazos penetraron el cuerpo del jefe, que se dobló y cayó sobre la mesa, empapando el mantel con sangre y materia cerebral.

Cuando el movimiento cesó Luciano salió tranquilamente del baño. Observó el cadáver de quien había sido su jefe y maestro destrozado por los proyectiles y sintió asco, pero no lástima, no era su estilo.

- Acaban de matar a Masseria -anunció por teléfono a la policía.
-¿Vio usted a los asesinos? -preguntó el oficial que había tomado la llamada.
-No, ni sé quién pudo haberlo hecho -declaró Luciano-. Todos le admiraban. ¿Quién desearía su muerte?

LUCKY LUCIANO PREPARA EL ALMUERZO
Lucky Luciano se encontraba exiliado en Italia desde 1946, año en que había sido expulsado de los Estados Unidos por proxenetismo y extorsión. Disfrazado de respetable anfitrión, le gustaba agasajar a sus invitados cocinando personalmente.

Su mesa –como la que preparó para recibir a un periodista de la revista italiana Le Ore en la que sería su última entrevista– solía incluir los siguientes platos de su autoría: caviar y salmón ahumado, pastaciutta a las sardinas, solomillo de buey a la napolitana acompañado de espárragos a la crema de oveja, ensalada y sabayón y dulces de almendras para el postre.

El 27 de enero de 1962, Lucky caía desplomado en el aeropuerto de Nápoles luego de tomar un café doble cargado. Aunque los síntomas coincidían con los de un envenenamiento con cianuro, oficialmente se declaró que había sufrido un paro cardíaco. Entre los muchos homenajes mafiosos que siguieron a su muerte, se destacó una comida conmemorativa organizada en un exclusivo restaurante de la península en la que se sirvieron los mismos platos que el difunto solía ofrecer en su casa de Nápoles.

SINATRA VISITA A DON GENCO

El talento no se lo niega nadie, pero es sabido que Sinatra no hubiese sido Sinatra sin un empujoncito de la mafia. Después de la muerte de Lucky Luciano, las relaciones entre la Cosa Nostra y sus primos norteamericanos se deterioraron rápidamente. Estaban compitiendo por el contrabando de opio y drogas duras y Sinatra, que no podía negarle un favor a sus amigos mafiosos, había viajado a Italia en calidad de intermediario para evitar que las cosas pasaran a mayores.
Allí lo esperaba Don Genco Russo, jefe de la organización. Aunque el Don fue bastante displicente con la estrella –lo plantó por dos horas antes de recibirlo– por lo menos lo alimentó bien. El menú consistió de pasta-cicci (sopa siciliana a base de garbanzos, macarrones y carne de cerdo), bollito misto (carne acompañada de verduras cocidas), una pierna de cordero a la manera de Agriento (con salsa de anchoas) acompañada por alcachofas y espinacas y membrillos al horno y flan de castañas para el postre.

Llegado el momento de parlamentar, a Sinatra de poco le valieron sus encantos. “Los States no son más que una tierra que los sicilianos hemos colonizado –le hizo saber Don Genco– y no podemos admitir que unos emigrados que sólo existen gracias a nosotros vengan a mandar en nuestra patria”. Humillado, Frank volvió pronto Estados Unidos para transmitir el mensaje del Capo.

DON CUCCIO AGASAJA A MUSSOLINI
Corría el año 1924 y Benito Mussolini, flamante alcalde de Italia, transitaba la península visitando a su pueblo. El recorrido debía terminar en Palermo, con arreglos florales, funcionarios pulcros y gente en las calles vivando a Il Duce. Sin embargo, trastocando la agenda, Mussolini decidió acercarse a Piana dei Greci, una pequeña aldea que representaba lo más profundo de la Italia campesina.

Informado con poco más que un par de horas de anticipación, Don Cuccio Cuscia el más alto funcionario de la aldea (tanto oficial como mafioso) se apresuró a preparar un caluroso recibimiento para Mussolini: lo agasajó con jamón de mulo, salchichón de burro, pulpetas a la siciliana, pollo fioro, calabaza agridulce, cordero guisado, quesos y fruta fresca.

Como le había faltado tiempo para organizarse, el capo contó que los alimentos del banquete habían sido tomados de almacenes y casas particulares. Preocupado, Mussolini preguntó si la colaboración había sido voluntaria.

-Cuando Piana dei Greci tiene el honor de recibir a mi amigo el Duce, todo el mundo lo considera un privilegio y participa- respondió Cuccio.
-Y además -añadió otro convidado- más les vale estar contentos, porque sino…

De regreso en Roma, Mussolini no se olvidó fácilmente del viejo Don: Cuccio Cuscia fue confinado a la prisión de Ucciardone, donde lo torturaron con brutalidad. Sin embargo, en 1944 se tomaría revancha y recobraría su puesto de alcalde tras colaborar con el desembarco de los aliados en Sicilia durante la segunda guerra mundial.

UN ATAÚD DE WHISKEY
En 1920 el senador Andrew Volstead anunciaba la promulgación de la llamada Ley Seca, que prohibía la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos. El hombre, no vamos a negarlo, tenía buenas intenciones pero los norteamericanos no estaban preparados para la abstinencia y las cosas le terminaron saliendo bastante mal. Por esos años los negocios de la mafia en Estados Unidos eran ínfimos y la organización no pasaba de unos cuantos matones que se dedicaban a extorsionar a los comerciantes de la zona de Nueva York conocida como Little Italy a cambio de “protección”. Treinta años más tarde, gracias a la Ley Volstead,  controlaban los negocios de la venta ilegal de alcohol, prostitución, juego y apuestas.

Planificar el contrabando de miles de litros de licores no fue una tarea sencilla para los gangsters pero rápidamente se fueron perfeccionando hasta poner a prueba el ingenio de la policía. En Chicago, centro de operaciones de las principales bandas, eran comunes los funerales fingidos en los que se utilizaban los ataúdes para transportar whiskey.
Con el aumento de la demanda, Johnny Torrio, capo indiscutido de Chicago, llegó a asociarse con Joseph Stenson, propietario de nueve fábricas de cerveza y varias destilerías de whiskey. Es que con la prohibición, los empresarios del rubro tenían dos opciones: cerrar o vender. En ese tiempo, fabricar un barril de cerveza costaba unos 5 dólares y se vendía por 50 o más.

AL CAPONE Y LA BUENA MESA

Amante de la gastronomía, era corriente ver a Al Capone comiendo en los restaurantes de moda, donde sorprendía a los mozos con sus propinas de cien dólares. El 20 de septiembre de 1926 se encontraba terminando un almuerzo tardío en el Hawtorne Inn, en Chicago, cuando una caravana de autos comenzó a desfilar lentamente ante el local. De cada ventanilla asomaban fusiles que escupían balas. En total pasaron diez vehículos. Para cuando terminaron de disparar, poco quedaba en pie del restaurante, sin embargo, Capone salió ileso y pagó por las obras de restauración del lugar. Poco tiempo después, sus enemigos encontraron otra forma de atacarlo: Theodore Anton, dueño de uno de los restaurantes predilectos del “boss”, fue secuestrado mientras Capone cenaba allí. Anton fue torturado y sumergido en cal viva. Dicen que cuando se enteró de su muerte, Capone lloró como un niño.

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