Esas FERIAS de vinos...


¿Qué tal si intentamos hacer la gran exposición de vinos que nos merecemos?

Una humilde propuestas para aunar esfuerzos y lograr una muestra gastronómica que esté a la altura de la producción nacional

La saturación

Sigue la moda de hacer exposiciones de vinos de pequeño a mediano tamaño, no importa la calidad que tenga, y menos aún de quien la organiza. Buenos Aires luce saturada de convocatorias a exposiciones de variado calibre, y en general tirando a mediocres, con superposiciones constantes, que llevan a la suma cero.

Uno debe pensar que el objetivo es tratar de hacer un buen negocio, ya que siempre aparece una revista "especializada" o un periodista ídem en la faz organizativa. Hoy nadie pierde tiempo con la sana intención de honrar los vinos nacionales. Pensarlo, es subestimar al o los organizadores.

Entonces, para poder superponerlas, una sobre otra, 3 en una misma semana, se recurre al expediente de bautizarlas como si fueran todas con un objetivo preciso y exclusivo: hoy son los vinos caros; mañana es la de vinos populares, superpuesta a la de vinos geniales; la semana siguiente nos está esperando la de vinos que se venden por Internet, a la que al día siguiente le sigue la de vinos altísimos, que suele superponerse con la de vinos de llanura.

La inventiva no tiene límite, y resulta que uno va a una, va a otra y todo parece un dejà vu porque se encuentra con la misma gente, casi las mismas bodegas (que seguramente aprovechan los mismos stands). Lógicamente, se ve mucha gente. La mayor cantidad son caras ignotas que de vino no entienden ni quieren entender nada, salvo pasearse con la copa que se entrega a la entrada -y se retira a la salida, por lo general- expresando su interés de probar tal o cual cepa en particular, de la bodega cuya mesa enfrenta. Pero fundamentalmente, asiste con la intención de ver y ser visto.

¿Cuál es el negocio?

Creo que el negocio tiene varias puntas. Personalmente me tocó ser de los organizadores de las primeras Expogourmets, allá a mediados de los '80. No pasaba nada al respecto en Buenos Aires. Nos movíamos en un desierto competitivo, pero no obstante, desde el primer paso, todo se hizo siempre con un nivel que es imposible no añorar al recorrer las propuestas actuales.

Recuerdo que la primera de todas se hizo en el Plaza Hotel, tomando prácticamente todos los salones de la planta baja. Un boom total. Luego vendrían otras localizaciones, y hasta un día tomamos todo el Palais de Gláce, y el gran final consistió en un festival inolvidable de fuegos artificiales, un espectáculo también bastante novedoso para la época. La búsqueda de la excelencia en la propuesta, me llevó a visitar al propio Paul Bocuse en la cumbre de su fama, allá por 1986 y convencerlo de que nos visitara. Eran años de dólar carísimo, y el e-mail no se había inventado.Pero lo hicimos.

El negocio para nosotros tenía dos puntas: promovíamos nuestra publicación; gratificábamos a los 10.000 suscriptores (¿se imaginan?: la revista salía de la imprenta con ese número de ejemplares ya vendidos de antemano). Y lógicamente, estaba el ingreso de la venta de stands y entradas, porque el regaloneo era poco o nada, y la cantidad de gente no mermaba sino que se incrementaba de año en año.

Hoy el negocio, dependiendo de los casos, es impactar a los cada vez más escasos anunciantes, ilusionándolos con que la cantidad de gente que ven circulando son verdaderos lectores de la publicación.

También está la venta personal del periodista de turno que organiza "vinos paquetes" o lo que sea, y se instala cumpliendo con su tarea de anfitrión que le permite un entusiasmante lucimiento personal. ¿Qué cada vez hay menos bodegas? No importa. ¿Qué puede llegar a recorrer la muestra Gastón Acurio sin que nadie lo reconozca? Importa menos, porque no olvidemos que el negocio está en embuchar lo que se pueda de las bodegas.

La gastronomía, no nos engañemos, no es rentable periodísticamente; a lo sumo, nos provee de periódicas invitaciones a comer, que aprovechamos para pavonearnos con alguna novia, cuando no con una miríada de amigotes, a los que invitamos por cuenta de la casa hasta con los mejores vinos. La queja de los dueños de restaurantes es constante a este respecto, claro que siempre se expresa a terceros y nunca al o la mal educado/a, porque el temor a la represalia sobrevuela y el silencio garantiza comentarios siempre elogiosos.

Síndrome de la primera vez

Este es un mal nacional, hay que reconocerlo. Cuando uno hace una exposición de cualquier cosa, tiene garantizada la comprensión de propios y extraños, si ésta se realiza por primera vez. Parece ser que la primera vez autoriza a cometer todos los errores que se desee. Los ajustes se hacen a costa de los expositores y de los visitantes a la muestra. Todos los desaguisados se deben tolerar: faltan copas; los expositores de exposiciones supuestamente de vinos de precio, sirven sus vinos más baratos, total conocen la catadura de los visitantes que llegan de a docenas con entradas regaladas (basta con ver el perfil de los que supuestamente "pagaron" y el conocimiento que demuestran a llenar una y otra vez sus copas).

Y que no se le ocurra a un quesero o lo que sea ofrecer una degustación de algunos de sus productos. ¡Lo arrasan! Los visitantes, al ver comida, se aseguran retirarse del lugar sin necesidad de cenar esa noche. ¡Devoran cual termitas famélicas!

Pero la cosa es así: ¿faltaron vinos? ¿Faltaron copas? ¿Faltó lugar? ¿Falló el aire acondicionado? ¿Hubo demasiados borrachines que nunca pagaron entrada? Nada importará, siempre que sea la primera vez. Lo nuestro es disculpar y disculpar.

Esto de la primera vez, corre para los restaurantes recién inaugurados. Uno le hace notar al dueño o a las "chicas de prensa" que nos direccionaron al lugar, que la cosa está cercana a lo desastrosa, y es inútil, la explicación siempre será la misma: "es que recién abrieron hace un mes.". Traducción: los ajustes necesarios en la brigada de cocina, los mozos, el funcionamiento general, lo pagaran los primeros clientes, quienes no recibirán la más mínima atención diferenciada por haber apoyado al lugar desde la primera hora.

¿Y cuál es la propuesta?

La propuesta sigue siendo la misma: que las bodegas se organicen para hacer de la Argentina el centro de atracción para la mejor y más grande exposición vitivinícola de Latinoamérica. Concentrando los esfuerzos de las bodegas, sobre todo pequeñas y medianas, para que tengan EL lugar donde presentar sus productos al menos una vez al año.

Una exposición que no sea melindrosa, que convoque a todos los que en nuestro continente tengan algo que decir en materia de vinos. Sin miedo de darle a nuestra competencia un marco para que muestren lo que hacen. Como se hace en Chile, por ejemplo. ¿Qué temor puedo tener en compararme si estoy seguro de que nuestra industria pisa fuerte en materia de calidad? Y fíjese que hablo de Chile, porque si me pongo hablar del Brasil, y concretamente de Sao Paulo, y comparamos con lo que hacemos nosotros en materia de exposiciones dedicadas a la vitivinicultura, es para sonrojarse.

Conclusión

Pongámonos los pantalones largos. Que la iniciativa la tomen las bodegas en sus manos. Ninguno de los que hoy montó su "quintita" va a soltar prenda, sería tonto esperar que lo hagan: su ego y su bolsillo se impedirán. Las bodegas deben concentrar esfuerzos en pos de una mayor excelencia en todo sentido, que en definitiva les reportará un mayor prestigio (se me vino a la cabeza la London Wine, claro que se hace en el, quizás, o sin quizás, mayor mercado de vino del mundo).

Pienso en un espacio enorme e internacional, organizado por profesionales especializados en exposiciones, que incluya a todos: enólogos, periodistas y publicaciones especializadas, productores viñateros, organismos del estado vinculados a la industria, productores artesanales con recursos limitadísimos, en fin, que incluya a todos; que tenga ronda para compradores del país y el extranjero; que cuente con los recursos para poder invitar a periodistas del exterior que difundan lo que se hace en nuestro país. En concreto: permitirnos pensar en grande, y salir del Don Pirulero, en el que cada cual atiende su juego. Y así, quizás ayudemos a mantener el crecimiento de nuestras exportaciones, a la par de detener la caída y relanzar el consumo interno de vino. Nada más. Nada menos.

Fuente:
http://www.conexionbrando.com/1485933-que-tal-si-intentamos-hacer-la-gran-exposicion-de-vinos-que-nos-merecemos

Comentarios

Entradas populares