Commodities y vinos
Fuente: Telam | Giorgio Benedetti (periodista Nac&Pop)
En su “Manual de zonceras argentinas”, Arturo Jauretche narraba lúcidamente cómo el argentino estaba acostumbrado a ponderar ciegamente lo extranjero en desmedro de lo local y lo propio. El devenir de los años ha demostrado, además, una extendida inclinación a, en muchos ámbitos, copiar el modelo fashion-USA de manera obsecuente y vacía. Vestirse como gringo, escuchar su música y comer la marca de hamburguesas preferida por ellos pareció en algún momento ser la moda, tal como tristemente sucedió en varios lugares de América Latina.
Me pregunto hasta qué punto los vinos argentinos no han caído en eso. Si, de hecho, son varias las bodegas y enólogos que, fundamentalmente debido a los puntajes de los críticos extranjeros (que tienen como parámetro a la fashion-USA), han comenzado a virar irracionalmente el perfil de sus vinos hacia un estilo global y mundializado, dejando de lado una de las principales características que debe tener un vino: la identidad.El vino no es la Coca Cola, que se fabrica de manera uniforme e industrial, con una fórmula exacta que debe ser igual en Bulgaria, en China y en el tercer cordón del conurbano bonaerense. El vino es una bebida que nace del entramado de dos variables irrepetibles: una viña en un lugar determinado, con sus características climáticas y fitosanitarias únicas, y un hombre que para elaborarlo usa un saber-hacer muy propio de cada zona y su gente. Si el vino se hace de igual manera en la Borgoña francesa, en el Priorato español y en el Alto Valle del Río Negro, estamos en problemas.
Hay un concepto en blancos, tintos y espumantes que es medular: el terruño. Esta palabra de origen francés (terroir) hace referencia a la geografía en la que nace la uva (clima y suelo) y al elemento cultural humano para trabajarla; es decir, la manera en la que el viticultor conduce la viña, la poda, el punto de madurez en que decide cosechar y la crianza o no en barricas de roble, entre muchísimas otras variables.
El vino es –o debería ser– producto de su terruño, a tal punto que ciertas zonas han bautizado con su nombre al vino que allí se elabora transformándolo en genérico, como el caso del Champagne hace cientos de años.
Esta historia nueva de los vinos entendidos como commodities nació hacia 1970, época en la que Estados Unidos decidió, luego de numerosas prohibiciones al consumo de alcohol, comenzar a ser un jugador fuerte. Sabían que, más allá de que fuera un producto europeo por naturaleza e historia, debían hacer un vino estadounidense, con impronta estadounidense y con los colores estadounidenses. Y esto no sólo tenía que ver con el estilo diferente que imprimieron los hombres de California a sus elaborados, sino también con crear una imagen nueva. Había que resignificar al vino, y para ello contaban con un arma aniquiladora: la maquinaria del marketing USA, que cuando arranca no deja títere con cabeza. A ella recurrieron y comenzó a imponerse un perfil de vino que, con el tiempo, se llamó “de impacto”.
En desmedro de la frescura, austeridad y mineralidad de los ejemplares tradicionales del Viejo Mundo, sutiles y bebibles, genuinos exponentes de su región de origen, comenzaron a imponerse blancos y tintos sobremaduros, densos, alcohólicos, con exceso de madera y extracción desmedida. Una mermelada de uva, empalagosa y cansadora para el paladar. Vinos que, como las siliconas de las mujeres de Hollywood, son más para impactar que otra cosa.
Con el tiempo, cuando el mercado estadounidense tomó color gracias al crecimiento del consumo (hoy es el más importante del mundo en volumen), gran parte del Nuevo Mundo vitivinícola comenzó a hacer suya esta modalidad y este perfil de producción. Países como Australia o Nueva Zelanda no tuvieron ningún problema: sin tradición que respetar ni un mercado consumidor con vino propio, pegar el volantazo no era problemático.
Pero no es caso de la Argentina, que hace más de 200 años elabora de manera seria vino para que su pueblo lo beba y disfrute en la mesa familiar. Aquí fue más complicado traicionar un pasado y deshacerse así nomás de un perfil enológico propio de esta tierra y al que la gente está acostumbrado.
Muchas bodegas, debido al peso del consumo interno, manejaron el tema con sensatez. Otras no; metieron la mano y se entregaron a la fashion USA pensando en el mercado externo. No está mal; pero creo que los grandes vinos tienen un alma, un halo de unicidad. El cualquier lugar que se descorchen encarnan un mensaje; son un complejo decir de una zona y su gente, con todo lo que ello implica. Y no un commodity más, como la soja o el trigo. Así, por lo menos, son los grandes vinos.
En su “Manual de zonceras argentinas”, Arturo Jauretche narraba lúcidamente cómo el argentino estaba acostumbrado a ponderar ciegamente lo extranjero en desmedro de lo local y lo propio. El devenir de los años ha demostrado, además, una extendida inclinación a, en muchos ámbitos, copiar el modelo fashion-USA de manera obsecuente y vacía. Vestirse como gringo, escuchar su música y comer la marca de hamburguesas preferida por ellos pareció en algún momento ser la moda, tal como tristemente sucedió en varios lugares de América Latina.
Me pregunto hasta qué punto los vinos argentinos no han caído en eso. Si, de hecho, son varias las bodegas y enólogos que, fundamentalmente debido a los puntajes de los críticos extranjeros (que tienen como parámetro a la fashion-USA), han comenzado a virar irracionalmente el perfil de sus vinos hacia un estilo global y mundializado, dejando de lado una de las principales características que debe tener un vino: la identidad.El vino no es la Coca Cola, que se fabrica de manera uniforme e industrial, con una fórmula exacta que debe ser igual en Bulgaria, en China y en el tercer cordón del conurbano bonaerense. El vino es una bebida que nace del entramado de dos variables irrepetibles: una viña en un lugar determinado, con sus características climáticas y fitosanitarias únicas, y un hombre que para elaborarlo usa un saber-hacer muy propio de cada zona y su gente. Si el vino se hace de igual manera en la Borgoña francesa, en el Priorato español y en el Alto Valle del Río Negro, estamos en problemas.
Hay un concepto en blancos, tintos y espumantes que es medular: el terruño. Esta palabra de origen francés (terroir) hace referencia a la geografía en la que nace la uva (clima y suelo) y al elemento cultural humano para trabajarla; es decir, la manera en la que el viticultor conduce la viña, la poda, el punto de madurez en que decide cosechar y la crianza o no en barricas de roble, entre muchísimas otras variables.
El vino es –o debería ser– producto de su terruño, a tal punto que ciertas zonas han bautizado con su nombre al vino que allí se elabora transformándolo en genérico, como el caso del Champagne hace cientos de años.
Esta historia nueva de los vinos entendidos como commodities nació hacia 1970, época en la que Estados Unidos decidió, luego de numerosas prohibiciones al consumo de alcohol, comenzar a ser un jugador fuerte. Sabían que, más allá de que fuera un producto europeo por naturaleza e historia, debían hacer un vino estadounidense, con impronta estadounidense y con los colores estadounidenses. Y esto no sólo tenía que ver con el estilo diferente que imprimieron los hombres de California a sus elaborados, sino también con crear una imagen nueva. Había que resignificar al vino, y para ello contaban con un arma aniquiladora: la maquinaria del marketing USA, que cuando arranca no deja títere con cabeza. A ella recurrieron y comenzó a imponerse un perfil de vino que, con el tiempo, se llamó “de impacto”.
En desmedro de la frescura, austeridad y mineralidad de los ejemplares tradicionales del Viejo Mundo, sutiles y bebibles, genuinos exponentes de su región de origen, comenzaron a imponerse blancos y tintos sobremaduros, densos, alcohólicos, con exceso de madera y extracción desmedida. Una mermelada de uva, empalagosa y cansadora para el paladar. Vinos que, como las siliconas de las mujeres de Hollywood, son más para impactar que otra cosa.
Con el tiempo, cuando el mercado estadounidense tomó color gracias al crecimiento del consumo (hoy es el más importante del mundo en volumen), gran parte del Nuevo Mundo vitivinícola comenzó a hacer suya esta modalidad y este perfil de producción. Países como Australia o Nueva Zelanda no tuvieron ningún problema: sin tradición que respetar ni un mercado consumidor con vino propio, pegar el volantazo no era problemático.
Pero no es caso de la Argentina, que hace más de 200 años elabora de manera seria vino para que su pueblo lo beba y disfrute en la mesa familiar. Aquí fue más complicado traicionar un pasado y deshacerse así nomás de un perfil enológico propio de esta tierra y al que la gente está acostumbrado.
Muchas bodegas, debido al peso del consumo interno, manejaron el tema con sensatez. Otras no; metieron la mano y se entregaron a la fashion USA pensando en el mercado externo. No está mal; pero creo que los grandes vinos tienen un alma, un halo de unicidad. El cualquier lugar que se descorchen encarnan un mensaje; son un complejo decir de una zona y su gente, con todo lo que ello implica. Y no un commodity más, como la soja o el trigo. Así, por lo menos, son los grandes vinos.
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