Falsos patrimonios culturales por Monsendra
La Richmond cerró y ya no es noticia. Después de mis típicas dos semanas de enojo con el tema, ya clásicas, me veo obligada a pensar acerca de qué pasa en la ciudad que uno de los símbolos porteños cerró dejando atrás apenas un par de noticias en los medios y unos cuantos mozos enojados.
Para mí, que soy muy romántica y amo las cosas viejas, el cierre de la confitería es clarísima pérdida a nivel cultural e histórico. La idea de que ese lugar donde Borges se juntaba a charlar con el resto del grupo de Florida haya cerrado me parece una falta de respeto a nuestro patrimonio. Mis abuelos también tomaban café ahí cuando eran apenas una joven parejita y que no me duela que haya cerrado sería una falta de cariño.
Intentando despejar la parte más emocional del asunto y más allá de estas impresiones de pérdida que algunas personas pueden compartir más o menos, logré entender que lo que más me molesta es la falta de coherencia en el discurso acerca del patrimonio cultural de la ciudad. Si la Richmond cierra, si no la subsidia o ayuda o enmarca en un proyecto sustentable el Gobierno de la Ciudad, si la gente no la elige, no se sienta en sus mesas y prefiere ir a una cadena a tomar café ¿De quién era patrimonio la Richmond? ¿De sus no-clientes? ¿De la Ciudad que la declara edificio histórico una vez que cierra? La sensación es que, al final, pocos la elegían.
Por esto mismo, llegué al punto de cuestionarme si hay que seguir apoyando proyectos que parecen no atraer a la cantidad de personas necesarias o “funcionar” en términos económicos. De la Richmond como negocio no puedo hablar, porque no sé nada acerca de tener un café. Pero de la Richmond como símbolo, tengo la certeza que debería haber sido conservado: por su belleza, por su historia, por sus personajes, por ser única e irrepetible, por ayudar a delinear la identidad de la ciudad, y a nivel económico, porque dialogaba con otras cosas que sí “funcionan”, ayudando a que tengan contenido y un marco histórico-social. Todos los días veo en la calle los buses amarillos de dos pisos que declaran “Buenos Aires, ciudad de cafés”. ¿De qué cafés habla? De esos mismos que dejan que cierren. De la esquina tapiada de Callao y Rivadavia donde estaba El Molino. Esa falta de diálogo y coherencia entre los proyectos es la que me enoja. Es como si cada uno estuviese mirando para su lado. En la construcción de la identidad porteña, se sacan rápidamente los mismos ladrillos que se acaban de poner: mientras en el Centro Cultural Borges hay una retrospectiva exhaustiva sobre el escritor, su café favorito desaparece. Hablo de pensar en ciertos símbolos no sólo por el símbolo en sí, sino porque son quienes les dan sentido a muchos proyectos y visiones actuales.
Parece ser que ahora van a poner un negocio de ropa deportiva en el local donde supo estar la confitería. Más allá de que me cuesta mucho trabajo imaginarme al fantasma de Borges pululando por la sección “Running” o admirando el oro de los tigres de una camiseta xeneize, me doy cuenta que ni siquiera es el hecho de que venga una marca extranjera a ocupar su lugar físico lo que más me molesta. Me duele que se pierda, se deshaga y que nadie se acuerde, que los discursos incoherentes nos hayan mareado, haber creído que algo estaba protegido cuando en realidad no. Tener que preguntarme si al final, para la mayoría de la gente, la Richmond no era sólo un falso patrimonio.
Para mí, que soy muy romántica y amo las cosas viejas, el cierre de la confitería es clarísima pérdida a nivel cultural e histórico. La idea de que ese lugar donde Borges se juntaba a charlar con el resto del grupo de Florida haya cerrado me parece una falta de respeto a nuestro patrimonio. Mis abuelos también tomaban café ahí cuando eran apenas una joven parejita y que no me duela que haya cerrado sería una falta de cariño.
Intentando despejar la parte más emocional del asunto y más allá de estas impresiones de pérdida que algunas personas pueden compartir más o menos, logré entender que lo que más me molesta es la falta de coherencia en el discurso acerca del patrimonio cultural de la ciudad. Si la Richmond cierra, si no la subsidia o ayuda o enmarca en un proyecto sustentable el Gobierno de la Ciudad, si la gente no la elige, no se sienta en sus mesas y prefiere ir a una cadena a tomar café ¿De quién era patrimonio la Richmond? ¿De sus no-clientes? ¿De la Ciudad que la declara edificio histórico una vez que cierra? La sensación es que, al final, pocos la elegían.
Por esto mismo, llegué al punto de cuestionarme si hay que seguir apoyando proyectos que parecen no atraer a la cantidad de personas necesarias o “funcionar” en términos económicos. De la Richmond como negocio no puedo hablar, porque no sé nada acerca de tener un café. Pero de la Richmond como símbolo, tengo la certeza que debería haber sido conservado: por su belleza, por su historia, por sus personajes, por ser única e irrepetible, por ayudar a delinear la identidad de la ciudad, y a nivel económico, porque dialogaba con otras cosas que sí “funcionan”, ayudando a que tengan contenido y un marco histórico-social. Todos los días veo en la calle los buses amarillos de dos pisos que declaran “Buenos Aires, ciudad de cafés”. ¿De qué cafés habla? De esos mismos que dejan que cierren. De la esquina tapiada de Callao y Rivadavia donde estaba El Molino. Esa falta de diálogo y coherencia entre los proyectos es la que me enoja. Es como si cada uno estuviese mirando para su lado. En la construcción de la identidad porteña, se sacan rápidamente los mismos ladrillos que se acaban de poner: mientras en el Centro Cultural Borges hay una retrospectiva exhaustiva sobre el escritor, su café favorito desaparece. Hablo de pensar en ciertos símbolos no sólo por el símbolo en sí, sino porque son quienes les dan sentido a muchos proyectos y visiones actuales.
Parece ser que ahora van a poner un negocio de ropa deportiva en el local donde supo estar la confitería. Más allá de que me cuesta mucho trabajo imaginarme al fantasma de Borges pululando por la sección “Running” o admirando el oro de los tigres de una camiseta xeneize, me doy cuenta que ni siquiera es el hecho de que venga una marca extranjera a ocupar su lugar físico lo que más me molesta. Me duele que se pierda, se deshaga y que nadie se acuerde, que los discursos incoherentes nos hayan mareado, haber creído que algo estaba protegido cuando en realidad no. Tener que preguntarme si al final, para la mayoría de la gente, la Richmond no era sólo un falso patrimonio.
Comentarios