El brindis que no podrá ser

Fuente: Diario Los Andes | Gisela Manoni.
bodegaEn penumbras, cruzadas por telarañas, abatidas por el abandono. Ya no les quedan ni signos de aquel pasado frenético, de mañanas de molienda, de corridas y griteríos, de noches de insomnio por el proceso divino que se estaba gestando en las piletas. No hay que andar mucho por el Valle de Uco para toparse con alguno de estos fantasmas. Si al menos pudieran ocultar sus estructuras derruidas y vacías, que desentonan con el vigor de los viñedos que las rodean.
Más desentonan aún con los enormes y modernos edificios que se erigen en obscena ostentación a metros o kilómetros de ellas. Verdaderas catedrales del vino, que no escatiman en gastos, con pórticos elegantes y glamour importado de países bien lejanos.
Tanta vitalidad versus tanto silencio; el contraste duele. Sólo el olor a mosto -arraigado con obstinación a sus paredes- es testimonio de las vidas que en otros tiempos fueron creciendo en torno del vino.
“La defenderé hasta que no tenga más fuerzas. Su venta es el último recurso a evaluar”, prometía un agricultor de Tupungato, cuyos padres y abuelos dieron la vida por construir y sostener esa bodega. La bodega que era la empresa familiar, que por años fue el orgullo del clan y la referencia de su linaje en la zona.

Meses después, los herederos compartían una reunión -donde no faltaron las lágrimas- para evaluar las mejores ofertas. La mayoría eran de capitales extranjeros que -no es ninguna novedad- ven a la región del Valle de Uco como el napa valley mendocino y quieren tener su porción en esta zona que hoy “vende”.
No supieron aggiornarse. No encontraron “la vuelta de tuerca” para sostener y hacer crecer su producción de vino. No recibieron la protección que el Estado debería dar a los suyos, para que ellos puedan responder a las actuales exigencias del mercado. A las nuevas generaciones no les fue fácil organizarse para continuar la obra de sus abuelos.
Puede haber tantos motivos como casos. Lo cierto es que muchas de las bodegas que fueron pioneras o que se erigían como verdaderos símbolos de la actividad vitivinícola del Valle en otras décadas, hoy lucen abandonadas, funcionan como museos, resisten como pueden el paso del tiempo o se venden al mejor postor.

También están las que se adecuaron a los tiempos que corren y conservan su lugar en el mercado sin haber perdido su apellido original. Pero son las menos.
Para quien proviene de una familia de bodegueros no es fácil de digerir la pérdida y el abandono en el que van cayendo sin solución estos templos del vino.
El paisaje ya no es el mismo. Las fuentes laborales ya no son tantas. La ilusión tejida generación tras generación se esfuma. Y uno se deja ganar por la nostalgia. “Si parece que fue ayer que jugábamos a las escondidas con mis primos entre las torres de orujo prensado”, fue el nostálgico corolario del mismo campesino.

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