El vino sin alcohol ya tiene medallas


En ProWein 2026 se han premiado más de 200 vinos desalcoholizados y su segmento crece un 50% en un año

JAVIER CAMPO

  

Hace unos meses escribí que el vino sin alcohol ya era legal. La Unión Europea había dado su bendición y todos contentos. Pues bien. Resulta que ahora además tiene medallas. Concretamente, en el Mundus Vini Spring Tasting 2026, celebrado en ProWein en Düsseldorf, se cataron 350 vinos desalcoholizados. Doscientos ocho de ellos se fueron a casa con galardón. Un crecimiento de casi el 50% respecto al año anterior en una sola edición.

Y España, por si alguien lo dudaba, quedó segunda con 62 premios en el medallero de esta categoría, solo por detrás de Alemania. Lo cual significa que hay bodegas españolas que llevan tiempo trabajando esto en serio. Y ya os nombré algunas de las que estaban por delante en este sub sector.

También sabéis lo que opino de algunos de los concursos de vino. He estado en el otro lado de la mesa más veces de las que recuerdo y sé lo que implica. Para nosotros, el jurado y para el consumidor. Porque son cosas distintas. Una medalla es una cosa y tomarse una copa es otra.

En un tiempo en el que la gente busca una experiencia en cualquier cosa que se coma o beba, se me hace raro el pensar en que vas a contar cuando sirves un copa, porque historia, lo que se dice historia, no tienen detrás. O sí. Vete tú a saber.

Si el tema es que alguien que no bebe alcohol, quiere una alternativa presentable para la mesa, entonces perfecto. Porque la medalla ayuda a que el restaurador, pueda ofrecer una cosa digna a su cliente. Pero si el tema es que el consumidor habitual de vino quiere reducir su consumo de alcohol sin renunciar a la experiencia, entonces el tema se complica. Porque ese consumidor tiene memoria. Sabe lo que era. Y nota la diferencia.

No estoy diciendo que los vinos sin alcohol sean malos. Estoy diciendo que son otra cosa. Y que venderlos como si fueran lo mismo, pero sin el alcohol, es un error que el sector sigue cometiendo con demasiada alegría. Porque por mucho que digamos, aun se nota la diferencia. Y ahora voy a poner, de nuevo, el ejemplo de la cerveza sin alcohol, que gustativamente hablando, prácticamente esta a la par, aunque notes el paso alcohólico.

Antes os he dicho que se han probado más de 300 vinos sin alcohol. Pero si miramos los lineales de los supermercados, las cartas de los restaurantes y los bares, el vino sin alcohol sigue siendo una categoría residual. Presente, sí. Creciente, también. Pero está aún lejos de haber conquistado la mesa.

Me gusta decir que el vino no se bebe solo con la boca. Se bebe con el contexto, con la conversación, con la memoria de otras copas. Y en ese juego de referencias, el vino sin alcohol sale perdiendo siempre. No por malo. Por diferente y porque, a dia de hoy, aun no he escuchado una historia que hable del producto más allá del proceso más o menos difícil, costoso o novedoso. Creo que debemos empezar a pensar en la comunicación del vino sin alcohol.

En el artículo de noviembre comenté que las personas que conozco en Consejos Reguladores no contemplaban, de momento, incluir los vinos sin alcohol en sus pliegos. Han pasado varios meses. Y todo sigue igual. Que yo sepa.

Es algo que me parece curioso. La UE lo aprueba, el mercado lo pide, los concursos los premian, y las DO miran para otro lado. No digo que estén equivocadas. Las denominaciones de origen protegen un modelo que tiene mucho sentido y no conviene dinamitarlo por una moda. Pero el debate, como mínimo, debería estar sobre la mesa. Y no lo está. O si lo está, no lo he visto u oído.

El problema de fondo del vino sin alcohol no es técnico. Los métodos han mejorado. Los resultados también. Hay cosas que son bebibles, y algunas más que bebibles. El problema es que nadie sabe muy bien cómo hablar de ellos.

Lo tenemos que llamar vino... Empezando la reticencia por ahí. La normativa dice que sí, pero con matices. Pero si lo comparamos con el vino con alcohol... Mal rollito. A perder. Quizás tendríamos que presentarlo como una categoría nueva, independiente, con su propia lógica. Eso sería lo más honesto. Y lo más difícil, porque implica empezar desde cero con el consumidor.

Y no nos engañemos. Con nosotros mismos. Yo mismo después de 40 años dedicándome al vino tengo que abrir la mente y empezar a aprender de nuevo. Y quedémonos con esta frase. Aprender de nuevo.

Construir una categoría nueva es un trabajo de años. Lo están haciendo los vinos naturales, con más ruido que resultados a veces, pero lo están haciendo. Y ahora ya no nos parecen tan extraños.

El vino sin alcohol necesita relato y tiempo. Que no lo presente como el hermano pobre del vino de siempre, sino como algo con identidad propia. Con su propio nicho de mercado y espacio en la mesa. Y eso no lo da una medalla en Düsseldorf. Eso lo da alguien que se siente delante del consumidor y le explique exactamente lo que tiene en la copa.

Sinceramente, no me parece mal que existan. Me parece bien que los premien si los merecen. Me parece bien que las bodegas españolas estén ahí, compitiendo y ganando, porque eso dice algo de nuestra capacidad de adaptación.

Pero, sinceramente también, no me parece tan bien que se vendan como salvavidas del sector. El problema del vino no se resuelve quitándole el alcohol. El problema del vino es de hábitos, de pasta, de preferencias, de comunicación, de accesibilidad, de relevancia cultural para una generación que ha crecido sin él en la mesa. Es que son muchas cosas.

Usar los premios como argumento de venta sin matizar qué significa ese premio, pues no sé yo. Una medalla en un concurso especializado tiene valor dentro del sector. Fuera del sector, el consumidor de a pie no sabe qué es Mundus Vini. Ni falta que le hace, dicho sea de paso.

Cuando alguien te sirva uno en un restaurante y te diga exactamente qué estás bebiendo, para qué está pensado y por qué encaja en ese momento, con ese plato y en esa mesa, ese día el sector habrá dado el paso de verdad. Hasta entonces...

Javier Campo
Sumiller y escritor de vinos
 

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